Mirás la lluvia pensando que alguien debería golpear la puerta en este preciso momento. Y aunque nadie llega, en tu corazón anegado la música gira una llave y el que dormía en vos te saca a bailar como entonces.
El ventilador de techo va por su vuelta 108.957 cuando suena el timbre. Molesto, muy molesto porque han interrumpido su conteo, le abre al sodero y apuntándole en la frente antes de que el otro le lance su acostumbrando “Buenos días, jefe”, le dice, más bien le exige: “Empezá a contar. ¡Ya!”. Pálido y totalmente aterrorizado, el sorprendido hombre de unos 50 años se larga a contar titubeante: “1, 2, 3, 4, cin…” en la mitad del cinco suena el disparo. Con sus últimas fuerzas, el sodero exhala “…co”. Más relajado, el dueño de casa cierra la puerta de calle, vuelve a su pieza y recomienza el conteo interrumpido. Esta vez arranca desde cinco.
La moneda está en el aire. La niña mira y no cae. El niño cuenta los segundos y tampoco cae. Un hombre, que bien podría ser el padre de ambos, piensa que debe tratarse de una foto. Hasta que de repente cae y ya no son los mismos: sus deseos se han cumplido y en un pestañeo desaparecen de allí. La niña es una más en el casting de Narnia, el niño festeja el gol del campeonato y el hombre está con la mujer de su vida. ¿La que arrojó la moneda?
Entró en la etapa Tahoma después de años entregado a la Arial. El había sido un tipo más de la Times (con ascendente en Helvética) en aquellos años de escasos cambios, de vida organizada y mínimas digresiones. Ahora lo suyo lleva el sello de los puntos suspensivos; no quiere oír hablar de paréntesis ni corchetes. Quiere aire, pocas comas, mucho blanco; sobre todo mucho blanco. Su presente se reduce a poco más de 1.000 caracteres. Suficiente para decir, y decirse, que no todo habrá de terminar con un punto.
Dijo ella: nunca usás la palabra alféizar. Tenés razón, le dije. Me dice: ¿Qué te parece si hablás de una paloma que cae en tu ventana, herida por el disparo de un rifle? Escribís, por ejemplo,”esa mañana, como todas las mañanas, no vi sólo la montaña desde mi ventana. Obstruyendo mi privilegiada visión de la cordillera había una paloma herida sobre el alféizar”. No me gusta, le dije. Y fui por el rifle.
Trazo líneas imaginarias, límites arbitrarios. Esto queda, esto se va. Vacío la papelera a cada rato y siempre algo queda. A lo Goebbels. De ese efecto residual, de ese numen indefinible extraigo lo que a falta de palabra más precisa defino como memoria. Ese artesanal trabajo de armado, símil al de la foto de esos LCD ensamblados en Ushuaia, da por resultado una antología de momentos personales donde el corazón, su materia prima, juega un rol particular como de tuerca y tornillo, llave y picaporte, algo por el estilo. Sólo así es posible hacer esto: acostarme, mirar al techo y arrancar con un zapping de recuerdos. En ese espejo roto hay una astilla para ella. Le veo apenas la boca. Alcanza.
Sería tranquilizador decir que lo había soñado, pero no, lo que había encontrado en el freezer era hielo negro. La imagen fue lo suficientemente fuerte como para cerrar la heladera de golpe y volverla abrir como si en esa segunda ocasión se disipara una primera impresión equivocada, una ilusión óptica pasible de ser corregida. No. El hielo negro seguía ahí. No se animó a tocarlo; lo contempló un largo rato y se decidió por lo más simple, quizás lo único al alcance de su mano: cambiar la heladera.
Al adolescente que va con la cabeza recostada en la ventanilla del micro la bala le roza la visera de su gorra wachiturra. Lleva puesta una camiseta del Barcelona, con el 10 de Messi en la espalda. No es consciente de lo que acaba de pasar hasta que ve cómo se desploma una mujer en el pasillo. Sabe que es su día de suerte, el primer día del resto de sus días, pero esa mujer es su madre y alguien tiene que gritar, pedir ayuda, llorarla.

Le dije mil veces que no me llamo así, pero él insiste en llamarme Milesky. No sé de dónde lo sacó, mi apellido es Palma, por lo que es fonéticamente imposible confundir Palma con Milesky. Sin embargo, no hay vez que no me llame, y para colmo a los gritos, con un “Milesky, venga para acá”, “Milesky vaya hasta el banco”, “Milesky, ¿me compró cigarrillos?”. Milesky, Milesky, ya me tiene harto con Milesky. ¿Pueden creer que hace dos días me estoy por dormir y escucho detrás de la ventana el mismo Milesky de cada mañana pero multiplicado por cien? Mi mujer y yo nos sobresaltamos. Abrí la ventana y ahí estaba el tipo, algo borracho, la corbata floja y llorando como un niño. Si ya estaba sorprendido, ni hablar cuando me dijo con tono y aliento alcoholizados: “Palma, querido Palma, perdóneme”. Antes de que pudiera contestarle, me interrumpió con su exitado monólogo. “Yo sé que usted no tiene la más puta idea de quién es Milesky y no tiene importancia que lo sepa. Lo único que le puedo decir es que lo amé mucho y que acaba de morir en Perú, donde se fue a trabajar a una minera cuando terminamos. Usted tiene una mirada que siempre me recordó mucho a él”. Me dio un fuerte y largo abrazo y se fue caminando por el medio de la calle. Yo me quedé mudo. No todos los días tu jefe te abre el corazón como si fuera un amigo de toda la vida. Al otro día presenté la renuncia, no podía mirarlo a la cara sin recordar lo que me había contado. Una vez llenados todos los papeles que me desligaban de la empresa tras quince años sin faltar un solo día, la secretaria me dice muy formal: “Por favor, firme aquí señor Milesky”. ¿Qué le iba a decir? Firmé y me fui feliz y aliviado, pensando que después de todo me hubiera gustado conocer a ese tal Milesky.

Antes de morir, Troy Davis los mira fijo a los ojos y bendice a sus verdugos. Ellos sonríen con sorna porque saben, o creen, que lo de Troy es cinismo puro. Una vez entregado formalmente el cadáver, llega la hora de irse a dormir. Los tres caminan tranquilos por un interminable pasillo. Van en silencio, acaso rumiando una pregunta, alguna palabra que la muerte suele dejar como al descuido por ahí. Después de hacer su tarea no hay pesadilla posible para ellos. “Es un trabajo como cualquier otro”, se dicen pero nunca olvidan dejar la luz prendida toda la noche y todos los días de su vida.

Tanto sueña con osos malhumorados que un día de estos me va a abrazar dormida y yo voy a sangrar tanto pero tanto que habré de soñar con vampiros hasta morderle el cuello y despertarla en mi propio bosque.

Todo comenzó con la foto. Caían hombres, caían mujeres, metales, vidrios. Gritos caían. Y de tan real parecía una película de cable. La peor. Vidas caían y uno podía imaginar un ruido, un estallido, un piano precipitándose, una piedra, un rosario, pero nunca un hombre, una mujer, alguien como ella, como yo. Caían desde tan alto que algunos hasta pedían un cuarto deseo.

 

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