Desde el carajo
No sé nada de autos, apenas manejar y dónde se ubica la batería y el burro de arranque. Debo confesar que lo que más disfruto es el movimiento, esa plácida sensación de transformar el paisaje a medida que la caja metálica se desplaza a mi merced. Siento que conduzco a La Niña o La Pinta desde el carajo mismo, que el barro aún está fresco y puede tomar caprichosamente mi forma. Que el papel está en blanco y a mi paso se corporizan en él nuevos territorios, colores a estrenar, desconocidas versiones de las evas y los otros. Allá abajo el asfalto supone la arena conquistada, el límite entre un jardín (secreto) y una selva (polinizada). Bajo el vidrio de mi modesta nave terrestre y les digo: podría seguir kilómetros y kilómetros con el jueguito éste de las alegorías. Podría, si hubiera visto a tiempo el semáforo en rojo, la ambulancia desbocada viniendo hacia mí decidida como Cortés al hundir sus naves en Veracruz. Los autos no saben nada de mí.
 
Hasta mañana
Cuando logro sortear las madreselvas del insomnio y el sueño por fin se me aparece descalzo, recién bañado, listo para meterse en mí, detrás de mis ojos irrumpe la indeseable señal de ajuste. El recurso desesperado al que apelo es pedirle a mi mujer que por un momento, unos segundos apenas, se distraiga de darle de comer a los peces y a los niños, busque el control remoto enredado en su corpiño y me apague sin lástima. Coincidimos: dormido soy encantador, uno de esos tipos que son capaces de robar un flor y pagarla. Pero sépanlo, también puedo ser el peor; ese que le esconde el piano a Sam para que no toque en toda la noche y así mi insomnio pueda invitarlo a una copa tras otra hasta perderme de vista. Hasta mañana. Sólo hasta mañana.
 
Lo que Aldo quería
Se ganó por cansancio. Tantas veces lo intentó, tantas trazó ese plan perfecto que fracasaba perfectamente, que merecía morirse como premio a su tesón, al insobornable compromiso con su idea fija. Ni siquiera importa si fue azar que el tren descarrilara antes o que las pastillas estuvieran vencidas. No, su constancia para buscar opciones que lo eyectaran de este mundo bien valían no sentirse solo en la patriada. Quienes fuimos amigos de Aldo no soportábamos verlo volver al bar cada vez con una explicación imposible para justificar una nueva frustración. Su cara era un cartel que decía “no puedo, nunca podré”. Cansados de que no logrará su objetivo, con Ramírez, Peralta, Domínguez y Guisasola nos pusimos de acuerdo. Dejamos que nos contara en qué consistiría su próximo intento y sin que él lo supiera, lo seguimos. Aprovechando una falla cardíaca detectada hacía unos meses, y su conocido temor por los muertos, se propuso ir solo al cementerio en plena noche. Se dijo, y nos dijo, que cualquier ruido que escuchara allí sería suficiente para matarlo del susto. La noche del sábado 3 de octubre partió en bicicleta hasta el cementerio del pueblo. Temblando, caminó por un pasillo con tumbas a ambos costados. A esa altura, nosotros ya nos habíamos escondido estratégicamente. Cuando Aldo llegó a la única lápida que tenía una vela encendida se paró en seco. La miró unos segundos que se nos hicieron eternos y cuando pensamos que se iba a caer duro de un infarto, empezó a cagarse tanto de risa que nos acercarnos corriendo. No había forma de hacerlo callar. Ilusos, creímos que si veía una lápida con su nombre y su foto iba a palmar en el acto. Pero no, el muy guacho lloraba de la risa y esta vez éramos nosotros los que nos queríamos matar. Al final, volvimos todos juntos al bar y nos quedamos tomando hasta el amanecer. Fue ahí, tipo seis de la mañana, justo al intentar abrir la puerta de su casa, cuando su madre creyéndolo un chorro le tiró una maceta desde el primer piso. Un rayo le habría hecho menos. Aunque no lo podíamos creer, en el fondo nos sentimos contentos porque era lo que Aldo quería. Y uno siempre quiere lo mejor para sus amigos.
 
Uno de esos casos
El médico rural le mira los ojos a la anciana anclada en su hamaca y luego al perro que la acompaña echado junto al fuego. Se diría que no hay diferencias entre la mirada de la mujer y la del animal. Los inunda una misma tristeza, una común telaraña de sombras. Uno de esos casos, piensa, que no se estudian en ningún manual. Por primera vez en treinta años de profesión siente que no tiene respuestas; le pide no muy convencido que se quede tranquila, que mañana va a estar mejor. El perro, que ha entendido todo, lo acompaña hasta la puerta y por primera vez lo despide en silencio. En los ojos de la abuela la araña de la muerte le teje una última lágrima. Cuando caiga la noche, él tendrá algo dulce para roer.
 
Viró
La bicicleta quedó reducida a un ovillo metálico. Semejaba una flor oxidada y deforme crecida de mala gana en el gastado asfalto de Palmira. A la mujer -rolliza, rubia, cuarenta, cuarenta y cinco años- alrededor de su cabeza le asomaba un aura de sangre real. Los ojos bien abiertos en un expresión de paz y terror, si acaso tal combinación fuera posible. La ambulancia no demoró más de veinte minutos, pero la eternidad, se sabe, maneja otros tiempos. Cuando llegó, la sirena cesó de inmediato dando paso a una cumbia pegajosa que expulsaba una camioneta donde dos adolescentes tomaban cerveza del pico. Entre el enfermero y el médico la subieron a la camilla casi de un salto y en menos de cinco minutos su cuerpo aún tibio desembarcaba en el centro de salud. Allí, la mujer abrió los ojos y vio todo blanco: las paredes, el piso, el techo, las ventanas y especialmente a la doctora, quien movía los labios sin emitir sonido alguno. Al cerrar los ojos lo blanco viró al negro con la velocidad del golpe aquel. Del otro lado, milagro o designio, pudo ver con claridad quién manejaba el auto. Ya buscaría la forma de hacerlo saber.
 
Corpúsculos de Krause
Leo y marco con resaltador amarillo: “Los corpúsculos de Krause son los encargados de registrar la sensación de frío que se produce cuando entramos en contacto con un cuerpo o un espacio que está a menor temperatura que nuestro cuerpo. Se encuentran en el tejido submucoso de la boca, la nariz, ojos, genitales, etc. Llevan este nombre en honor de su descubridor, el anatomista alemán Wilhelm Krause”. Apunto en lápiz, al margen: "Y yo que pensaba que no había nombre para eso que sentía cuando estábamos tan lejos, uno dentro del otro".
 
Los pies en la caja
Algo no encajaba en su vida; era como poner los pies en una caja de zapatos y querer caminar. Elsa, la de los pies en la caja, no sabía por qué desde hacía un tiempo las manos no le respondían. Por ejemplo, cuando quería escribir una carta, terminaba planchando una camisa o rompiendo un plato, o al intentar cebarse un mate lo que lograba era pintarse las uñas mejor que nunca. Ella creía que alguien había pinchado su foto y cuando especulaba acerca de quién podría querer hacerle tanto daño, también fracasaba: lo único que conseguía la pobre Elsa era dibujar una y otra vez una piedra cayendo, una mujer rodando, un hospital sin techo y unos ojos que la miraban y la miraban y la miraban hasta cerrárseles como un libro de magia negra.
 
Final abier...
En el cuento de Quiroga el que se muere soy yo justo cuando estaba por.
 
Descarrilar o parecido
La última imagen que retiene el abuelo antes de morir es un improvisado florero con una rosa blanca. El viejo maquinista de Ferrocarriles Argentinos se va de este mundo convencido de que al cerrar sus ojos (lo más parecido a descarrilar) la flor se deshojará inevitablemente. Piensa que no puede haber imagen más triste para abandonar esta vida. Lo que nunca sabrá es que el médico de guardia que lo cree dormido aprovecha esa circunstancia para hurtar la rosa y regalársela a su amante; la misma enfermera que minutos después llorará sentidamente al abuelo y le dejará sobre el pecho un puñado de pétalos blancos. El humo que sale de la boca del muerto indica que al fin ha llegado a destino. Por eso los pañuelos, por eso los brazos que salen a recibirlo.
 
(Oh)róscopo
Sería un desperdicio, una equívoca señal del destino, no aprovechar la escena de la adolescente aplastada por el cuadro de un olvidado autor renacentista para tomarla, sin alterar la sanguinolenta escena, como modelo de una obra que la continúe en el más acá. Acaso esta bella naturaleza muerta sea la misma a la que sus astros le vaticinaban claras aptitudes para el arte; virtudes para dar el cuerpo como otras el pecho o el alma. Ahora, cual perra abandonada en busca del calor de la estufa, sabemos que su suerte estaba echada; desintegrada y todo, la otrora nínfula se nos apagó tan perfecta como la luna en el agua de Venecia.
 
El duelo
Para Zelmar las tardes de jueves son tardes de ajedrez. Una elección que, aunque no lo reconozca, se ve favorecida por su insobornable fobia social. Es simple: juega solo, gana o pierde solo y solo decide cuándo terminar una partida. Jamás aceptaría someterse a la tiranía de una mujer que avisa desde la cama que sus pies ya están fríos. Tantos años desdoblándose para vencer o evitar ser vencido, intentando a su vez aplicar con mayor o menor éxito los consejos de Sun Tzu, lo han llevado silenciosamente a un final inevitable. Tras un encarnizado duelo consigo mismo, esta tarde se ha prometido que no habrá capitulación posible: quien pierda deberá morir. No le tiembla el pulso saber que sea cual fuere el resultado encarnará a su propio verdugo. Como en sus sueños, el rey será depuesto a manos de una reina bipolar.
 
Fileteado
En la memoria uno siempre es otro. Y en el espejo, también. Se podría decir que al mirarse está llorando cuando en realidad llueve en sus quince o en sus treinta. Como ayer, como mañana, ahora una mujer se le desnuda entre ceja y ceja y el agua se viste con lo primero que encuentra. Cuando él cierra los ojos, ella se va como un peine. La cara que queda tiene el tajo del adiós.
 
Lo que pasa
La situación es más o menos así. Dos periodistas están hablando. Uno, parado. El otro, sentado. Detrás del que está de pie, en realidad detrás de una persiana americana, pasa a gran velocidad una sombra. El que está sentado se distrae por un momento, al punto de no escuchar lo que le está contando el otro. Apostaría que esa sombra que ve pasar es un cuerpo que cae. Es más, espera de un momento a otro escuchar el impacto contra uno de los balcones o directamente contra la playa de estacionamiento que está junto al edificio de la redacción. Al no escuchar ningún ruido suspira aliviado. Sin embargo tiene la certeza de que algo ha pasado. La noticia que no fue.